MARIA CHAMÓN
Me despido de ti y me voy
El fenómeno de la gentrificación en ciudades como Barcelona es de sobras conocido. Es un concepto de origen anglosajón que fue creado para dar a conocer las desigualdades de clase y las injusticias que se generan en las políticas de gestión del suelo urbano. Ocupa decenas de titulares de las últimas noticias. Concretamente, en el periódico El País, dicha palabra aparece en 234 ocasiones desde el año 2007 hasta la actualidad. Algunos estudios lo han llegado a denominar aburguesamiento o aristocratización, éste último más frecuente en América Latina. Incluso Luz M. García Herrera, catedrática de la Universidad de La Laguna y experta en el tema, propone renombrarlo usando la palabra elitización, haciendo alusión a las élites que repueblan barrios modernizados y rehabilitados, previa expulsión de la clase media.
Echan la culpa al turismo y a la masificación en la ciudad. Es uno de los múltiples precios que tenemos que pagar por querer ser una ciudad moderna y europea, dicen. Otros entienden que es natural que cualquier ciudad costera experimente un éxodo de la clase popular empujado por la presión de la nueva clase media internacional, que se instala en una ciudad perfectamente preparada para ellos. Algunos incluso aseguran que es la propia clase media la que empieza a desplazar a los habitantes de toda la vida y que será, la misma clase media, la futura víctima del conflicto que en su día empezó.
Se trata además de dotar a este conflicto de nombres propios, de cara y de identidad. ¿Qué se pierde realmente con estos nuevos modelos de ciudad? ¿Quién sigue resistiendo subidas de precios, amenazas y desaparición de sus vecinos?
Se llama Inma Buñuales, tiene 47 años, lleva 18 viviendo en el barrio del Born, concretamente en uno de los pisos que se sostienen sobre los históricos Porxos d’en Xifré, vecinos del clásico restaurante 7 Portes. Vive con David, su pareja, y sus dos hijos de 8 y 12 años en un tercer piso de 120 metros cuadrados, de tinte antiguo, sin calefacción y, como es habitual en esta zona, sin ascensor. Paga un alquiler razonable desde hace varios años. Su contrato finaliza en 2020 y, teniendo en cuenta la suerte que han tenido sus amigos del barrio, se teme una subida desorbitada del precio del alquiler.
En cualquier caso, el origen de la recalificación del suelo urbano y de las luchas vecinales por mantener su casa en los barrios del centro histórico, se remontan a unos años antes de la adjudicación de Barcelona como ciudad olímpica. Los diferentes planes urbanísticos que se han llevado a cabo en la ciudad han pasado por la deconstrucción de edificios, la expulsión de personas a otros barrios, las expropiaciones, los desalojos en plena especulación inmobiliaria y las indemnizaciones insuficientes junto a millones de excusas.
En los últimos diez años el barrio ha perdido la esencia de la que Inma se enamoró cuando llegó. Durante 4 años trabajó en un bar del Born, donde empezó a conocer la vida vecinal a través de su barra sirviendo cafés. Según datos de finales del 2016, publicados por el diario El País, el distrito de Ciutat Vella ha perdido 13.000 vecinos en los últimos diez años. Esta cifra supone el 11% de su población. Hay que cambiar el enfoque del alquiler en el área metropolitana. ¿Quieren decir que no hay sitio para todos? ¿Y quiénes quedan al margen de la ciudad?
Su hijo pequeño estudia en la escuela pública del barrio. A las cinco acaba y hace baloncesto y circo como actividades extraescolares; por la tarde, Inma lo recoge y los dos se van en bicicleta a recorrer los comercios donde comprarán lo que les falta para cenar y el pan para los bocatas del día siguiente. Juegan en el Convent de Sant Agustí, compran la carne en La Botifarreria, cruzan el Parc de la Ciutadella para ir al instituto y Juan, el del kiosco de Pla de Palau, le vende los cromos al niño. Las instalaciones del barrio que ellos usan a diario forman parte de las listas de recomendaciones de qué visitar en Barcelona y aparecen en las mejores guías turísticas de la ciudad. El vecino de Ciutat Vella, cuando sale a la calle, se diluye entre la multitud y pocos elementos lo hacen reconocible como vecino. A no ser que lleve la bolsa de basura en la mano y se dirija al contendor de reciclaje, no sabremos quién vive ahí.
No es el único precio, pero sí uno de los más caros. A corto plazo los vecinos del centro histórico de la ciudad han sufrido múltiples mudanzas, abandonos y cambios en el modelo de ciudadanía. Con este desplazamiento forzado se echa a perder un estilo de vida que poblaba y llenaba las escuelas públicas del barrio, un modelo de servicios de proximidad, incluso se empieza a echar de menos que se escuchen los idiomas autóctonos en calles y comercios.
Su hijo mayor, Ovidi, acude al Instituto Pau Claris, situado frente a otro de los puntos con más afluencia de turistas de la ciudad: el Arc de Triomf. La elección de centro para que estudiara la etapa de secundaria no fue fácil. En este proceso las familias acostumbran a desear lo mejor para sus hijos, un lugar donde les garanticen el éxito académico y les ayuden a construir un buen futuro. El caso de esta familia, y de otras tantas, es algo diferente. Su escala de valores en la búsqueda pasa por priorizar su co-responsabilidad ciudadana y su compromiso social.
Han estado varios años observando los cambios de población que han sufrido los centros de educación pública cercanos. Detectaron este Instituto como una posibilidad, pero estaba bastante excluido de la lista de opciones para las familias de estas escuelas. Crearon la Asociación Amics del Pau Claris y empezaron a trabajar para desmontar la estigmatización que sufría el centro. Se dieron cuenta que muchos alumnos acudían por asignación del Consorci d’Educació o por lo que se conoce como matrícula viva, que mantiene plazas libres en el centro y se van ocupando a lo largo del curso, con la inscripción de alumnos recién llegados de otros países o reubicados de otros centros. La composición social del alumnado y su falta de vinculación a la dinámica del barrio hacían de éste un centro poco o nada solicitado, desconectado de los itinerarios académicos y sociales de las escuelas de primaria adscritas.
Tras varias reuniones con el Consorci, en las que asumen la dificultad de darle la vuelta a esta situación, un grupo de 41 familias consigue revertir esta dinámica escogiendo el Instituto como primera opción en la preinscripción. Desde la administración educativa se comprometen a establecer los mecanismos adecuados para regular el flujo de alumnos, mejorar la distribución del alumnado para evitar la segregación de población en determinados centros y garantizar la estabilidad del proyecto.
Los que no compraron piso cuando el precio era razonable viven de alquiler y asumen que es el propietario el que acaba decidiendo dónde podremos vivir. Algunos vecinos se resignan. Dalmau, el hijo pequeño de Inma, no. Él lo tiene claro. Este es su barrio y de aquí no lo van a echar. Aún es pequeño e ignora lo que está pasando en las calles; él es feliz aquí. Tiene amigos, juega a todas horas y lo mejor de todo, comenta, es que la puerta de su colegio está dentro del Zoo. Le parece increíble que le pregunte si se ve viviendo en algún otro lugar más adelante, cree que no tiene ningún sentido plantearse esto, ¿para qué cambiar si yo he nacido aquí?, añade desde el asiento trasero de la bicicleta de su madre.




El propietario del piso en el que vive Inma es el dueño del edificio, algo común en la zona. Llega un momento en que los arrendatarios deciden dedicar el edificio completo al alquiler turístico. Es una manera de conseguir, fácilmente, el permiso de la administración. O al menos hasta el momento. La Generalitat y el Ajuntament de Ada Colau se han puesto las pilas. Han creado campañas para denunciar los pisos de alquiler turístico y usan como chivo expiatorio a los propios vecinos. Los necesitan para detectar los focos y hacer saltar la alarma a través de la denuncia ciudadana. Ambas instituciones trabajan para elaborar un índice de precios de alquiler y dar transparencia al sector, animando así a los propietarios a moderar los precios de los alquileres, aplicando medidas penalizadoras en caso de abuso, para frenar así la escalada de los últimos años. Colau lo llama vecinificar, un concepto antónimo a la gentrificación. Parece un nuevo invento que pasa por reconquistar los espacios que en algún momento fueron de los vecinos, devolvérselos para que puedan participar de actividades cotidianas y mejorar así su calidad de vida.
